Todas habían perdido algo en la Gran Guerra: Betty a su padre, Chloé la fortuna familiar, Anaïs su inocencia.
El mero hecho de respirar, de estar vivas, las convertía en unas supervivientes, pero no eran conscientes. Lejos quedaban ya esos días de racionamiento y propaganda, aunque en realidad no hiciera tanto de eso. Ahora se dedicaban a bailar charlestón, a maquillarse y a fumar.
- ¿Habéis visto a la puta de Sylvie? - preguntó Betty - Ahora se dedica a pasear su coñito por el Bateau-Lavoir pasando de pintor en pintor.
- He oído que ha posado para Matisse - añadió Chloé.
- Menuda zorra - dijo Betty mientras se retocaba el pintalabios.
Anaïs permanecía callada, estaba concentrada en saborear su moelleux.
Chloé sacó el último cigarro de su pitillera con una mueca de fastidio. Pensó en todo lo que había trabajado para poder permitírselo y añoró los días en los que su papá le financiaba todo. Odiaba al capullo de su jefe, odiaba su trabajo, pero al menos tenía trabajo.
- Que el paquete de cigarros esté a dos francos me parece un escándalo - se quejó Chloé.
- ¿¿Que está a dos francos?? ¿Desde cuando ha subido? ¡Por el amor de Dios es el colmo! - gritó Betty mientras hacía aspavientos con los brazos de pura indignación.
Y justo en ese momento pasó por detrás de ella uno de los cretinos más grandes de la ciudad, que se hacía llamar a sí mismo le patron de Paris. En una de esas Betty le tiró la bebida encima de la ropa de un manotazo.
- Putain Betty! ¡Me has tirado la cerveza encima! Ahora me tendrás que pagar otra.
- Sí venga, quién coño te crees que soy, ¿el banco nacional?
- En estos momentos no hace falta mucho para tener más que el banco nacional - rebatió él.
- ¡Al diablo! Sabes que no tengo un franco.
- Eso no es excusa para el patron.
- Por favor, ¿pero qué clase de patron vas a ser tú con los pantalones manchados así? - saltó Anaïs.
Las otras dos rieron. Así era Anaïs, estaba callada, con cara de niña buena y cuando menos te lo esperabas soltaba un comentario agudo, cortante, ácido. El patron de los cretinos se fue con la poca dignidad que le quedaba.
Chloé se encendió el cigarrillo con una calada larga mientras seguía pensando en su padre. Le adoraba. Le escribía una carta cada semana a su manoir en Coulommiers, última propiedad que su familia había logrado mantener y donde aquel buen hombre llevaba una vida más bien austera. Si por algo se conocía a este caballero, era por su generosidad: a los peones que trabajaron sus tierras nunca les faltó de nada. Le gustaba sentarse con ellos en la hora del almuerzo y preguntarles por sus respectivas familias. Estaba de buen humor constantemente y los días de sol llevaba a Chloé y su hermanita a pasear a caballo por la finca.
En cambio, la madre de Chloé estaba internada en un psiquiátrico en Normandía, y nunca había ido a visitarla. Chloé la odiaba porque desde que era pequeña su madre pagaba con ella sus desvaríos mentales: fingía delante de su hija que se estaba muriendo de un ataque para luego reírse de la crueldad de su broma, o le gritaba y le pegaba, o la encerraba en su armario durante horas hasta que el ama de llaves la encontraba. Su padre fue el único bastión de cordura, su amigo, su refugio, su defensor.
- Bien dicho Anaïs - dijo Betty.
- Es un mamón - respondió ella con un aire sombrío.
Tenía aura de ángel por fuera, pero por dentro el alma de Anaïs estaba manchada de todas aquellas cosas por las que había pasado durante la Gran Guerra. Era como una inmaculada muñeca de porcelana con una grieta que le cruzaba aquella carita delicada. Son muchos los malos recuerdos, las vejaciones, el miedo, el hambre, el hecho de verse de un día para otro rebajada de bailarina de l'Opéra a robar manzanas en el mercado de la Madeleine. Pero sin duda el peor recuerdo la acompaña cada noche, desde hace años. Antes de dormir, al cerrar los ojos, Anaïs revive ese momento donde apretó el gatillo, era el alemán o ella, era el jodido alemán o ella. No era su culpa, era supervivencia. O eso se repetía a ella misma para tranquilizarse. Ese cerdo había entrado con otros soldados en su casa para saquearla, y la había perseguido hasta el despacho de su padre, la acorraló y empezó a manosearla. Ella se resistió, forcejeó y el muy animal la tiró al suelo. Ese baboso ya se estaba bajando los pantalones. Ella sabía donde estaba el revólver, se arrastró hasta el escritorio, abrió el cajón y no se paró a pensarlo.
Se hizo un silencio pesado entre las amigas. El humo de los cigarrillos ascendía por el aire frío de la noche. Salía la música de dentro del bar, donde la gente bailaba hasta sudar, poseída, despreocupada.
- Romain cariño - dijo Betty al camarero que justo pasaba por ahí - tráeme otra botellita de moelleux, ¿quieres?
Chloé y Anaïs la miraron alarmadas.
- Tranquilas chicas, lo dejo a nombre de Henri. ¡Invita él!
Henri era uno de los tantos tíos con los que se había acostado desde que perdió a su padre. Desde su muerte no hacía otra cosa, y la teoría de sus amigas era que buscaba suplir la figura paterna con otros hombres. Acumulaba una larga lista de amantes, en los que buscaba algo que no conseguía nunca satisfacer. Su gran historial la acompañaba a todos lados, unos la tachaban de zorra monumental y otros la consideraban una leyenda. De cara a la galería era una mujer de armas tomar, una líder, fuerte, con personalidad, destacaba allá donde iba y no podía (ni quería) pasar desapercibida. Adoraba ser adorada, ser divina, ser Betty. El bling bling, las lentejuelas, las perlas, los flecos, el esmalte de uñas y el lápiz de ojos negro eran extensiones de su cuerpo.
Sin embargo, en la intimidad era una persona frágil, con inseguridades y sobre todo con un pánico incontrolable a la soledad y con el dolor profundo de haber visto morir al único hombre que la había querido de verdad, y no como a un trozo de carne: su padre.
Romain apareció con la botella de vino, la descorchó y rellenó las copas de las tres señoritas.
En realidad aquellos años felices no fueron tan felices, todos tenían una pena que ahogar. Y eso estaban ellas a punto de hacer.

Precioso, increíble.
ResponderEliminarQuiero más, espero que tenga segunda entrega.