El local estaba lleno de gente cuando decidió subirse a la tarima y bailar en la barra. Todo el mundo la miraba, gritaba, aplaudía, y cuanto más la vitoreaban más loca se volvía ella, daba sus mejores movimientos, se dejaba llevar.
Nada tenía que ver con la chica que era normalmente. Refinada, bien educada, bien vestida, siempre discreta, callada. Pero la noche... la noche es otra cosa, por la noche saca su otro yo, su alter ego vestida de gogó, y da rienda suelta a su faceta de fiera, de animal nocturno.
Allí arriba en la tarima tenía una vista completa de todo el panorama: los hombres desde lejos le hacían señales, y cuando ella les respondía ellos aullaban como locos. Los que estaban cerca, a sus pies, estaban todos provocándose una tortícolis. Uno de los espectadores le tendió desde abajo una rosa, que le había comprado a un vendedor ambulante pakistaní, ella la recogió con una sonrisa y ya no la soltó en toda la noche.
Ni siquiera estaba borracha. Estaba en toda su lucidez, disfrutando del momento, disfrutando de la admiración que despertaba, de ser el centro de atención, de las miradas, el objeto de deseo de los hombres. Disfrutaba siendo una zorra, por qué no decirlo sin rodeos. Tenía la frente perlada de sudor, los labios pintados de un color demasiado oscuro para una chica decente... un cuadro completado por el roto que se le había hecho en los vaqueros: se le habían rajado justo por la ingle y el agujero se había agrandado por todo el culo.
¿Te pagan por bailar o has venido de fiesta? ¿Cómo te llamas? Eres tan bonita...
Solo concedía el privilegio de bailar con ella a unos pocos. Allí, en aquel local oscuro, nadie la conocía, era solo una anónima que bailaba sin miedo a ser juzgada, un cuerpo sin identidad que se entregaba al arte del perreo. Para ella no era solo contonearse con extraños, era un ritual liberador, una catarsis. Era su manera de desencadenarse, aunque fuera solo durante unas horas, del peso social, del qué dirían.
Solo concedía el privilegio de bailar con ella a unos pocos. Allí, en aquel local oscuro, nadie la conocía, era solo una anónima que bailaba sin miedo a ser juzgada, un cuerpo sin identidad que se entregaba al arte del perreo. Para ella no era solo contonearse con extraños, era un ritual liberador, una catarsis. Era su manera de desencadenarse, aunque fuera solo durante unas horas, del peso social, del qué dirían.
Si me viera mi madre ahora... pensaba, y le daba por reírse a la manera de una cría traviesa que sabe que está haciendo algo malo. Mañana volvería a ser la chica recatada y dulce que todos conocían, pero no ahora, no de momento, no todavía. Ahora quería ser libre, y tenía de plazo hasta que saliera el sol.
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