Las ostentosas lámparas de araña iluminaban el enorme salón de la residencia del mariscal. Había asistido solo y sin compañía a aquella soirée ya que no estaba casado, y ello, a mis 22 años era ya preocupante. Mi madre solía repetirme que debía de darme prisa en contraer nupcias y perpetuar nuestro apellido, pero yo no la tomaba muy en serio hasta hace poco. Había estado demasiado enfrascado en mi carrera militar y en ascender deprisa, gracias a lo cual ahora soy el hombre de confianza del mariscal. Él nos había honrado con un suntuoso banquete y ahora nos encontrábamos en su amplio y diáfano salón junto a una orquesta de cámara que tocaba para los asistentes un vals de Strauss.
Noto unos ojos clavados en mi pero no se desde donde me espian, hasta que me giro y descubro una mirada azul fija en mi. Es una muchacha joven la que me observa y se sobresalta al ser descubierta, pero no baja su mirada. Es joven, guapa y está sola: dificil combinación. Antes de que se me adelante algún otro galán decido tomar la iniciativa y acercarme a ella.
-Mademoiselle, permítame la osadía de presentarme: Charles Beauvoir, capitán del quinto escuadron de la armada francesa - cojo su mano y la beso.
-Ya sé quién es usted - me responde -. He oído muchas cosas sobre su persona.
-Vaya, ¿en serio? ¡Espero que hayan sido cosas buenas! -digo sorprendido, pero su mirada fija y su silencio me indican que no han sido elogios precisamente lo que han llegado a sus oídos. Intento cambiar de tema y desviar de mí la conversación -. ¿Y con quien tengo el placer de hablar?
-Cornelie Dubois, hija del mariscal.
-¡Vaya! No sabía que el mariscal tuviese una hija tan hermosa.
Hace caso omiso de mi elogio. Eso, o no me ha oído con el bullicio de la fiesta. Desvía de mi sus zafiros y los dirige hacia las parejas que están bailando en el centro del salón. Me enciendo un cigarrillo mientras la miro. De cerca es más guapa de lo que parece a simple vista. Debe tener músculos en los párpados para poder levantar esas pestañas tan gruesas y largas. Su boca es roja, muy roja, y sus mejillas están salpicadas de pecas pálidas.
- ¿Está disfrutando de la fiesta, capitán? - me pregunta sin quitar la vista de los bailarines.
- Oh, sí, muy amena, mademoiselle.
No estamos demasiado cerca, sin embargo huelo su perfume como si la tuviese encima. Sé que se muere por que la saquen a bailar. Me sorprendo a mí mismo mirandole las manos, las blancas y pequeñas manos, en busca de alguna alianza. De repente me aborda con una pregunta, que me pilla con la guardia baja:
-¿Qué piensa hacer cuando estalle la guerra?
-¿Perdone, mademoiselle?
-La guerra, monsieur, que qué hará cuando comience.
-Nadie estaría en su sano jucio para declarar una guerra a la gran Francia - me mira sabiendo que estoy mintiendo. Ella tambien se ha dado cuenta de la situación. Adopto un tono paternalista para calmarla -. ¿Acaso está preocupada por eso?
-Sí - hace una pausa, no sabiendo si continuar o no, pero decide dejarse llevar -. Mire a toda esta gente despreocupada, ajena a lo que va a pasar. Va a ser muy grave, monsieur, no será como la guerra contra Prusia de 1870.
Estoy desconcertado de oír a una mujer, y más aún tan joven como ella, hablando de política con la certeza y la seguridad con la que hablan los militares experimentados. ¿Será por su padre?
-Bueno, mademoiselle, en ese caso y respondiendo a su pregunta, lucharé al lado de mis compatriotas.
-¿No tiene miedo?
-¿Lo tiene usted?
Ella calla. Sí, lo tiene. Yo también lo tengo. Y como es orgullosa como su padre se niega a reconocerlo.
-Venga, mademoiselle, ¡no ponga esa carita tan triste! ¿Quiere salir a bailar para despejar sus preocupaciones?
Los ojos le brillan de la ilusión, y reprime su alegría en una sonrisa tímida mientras pronuncia un "oui" con esos labios rojos suyos. La tomo de la mano y ya en la pista, nos reenganchamos a las parejas que ya hay bailando. Mi mirada se cruza un instante con la del mariscal, que está bailando con su señora y me mira como diciendo: "qué golfo" y me guiña un ojo. Esas confianzas por parte del mariscal me abruman y le respondo con una inclinación de cabeza. Vuelvo a centrar mi atención en Cornelie. Tiene los ojos llorosos. Yo también. Sabe que moriré.
Sabe que ella también morirá.