Los nubarrones eran tan negros y densos que no dejaban pasar ni un rayito de sol a la ciudad. Tal era la oscuridad que a pesar de que estábamos a mediodía cualquiera hubiese dicho que era de noche.
La atmósfera estaba tan cargada de electricidad que parecía que al viento le costaba moverse, arrastrando con parsimonia las hojas marchitas, y que aquellos nubarrones iban a reventar en cualquier momento para empezar a vomitar agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario