La miro desde el otro lado de la red, con la pelota amarilla y peludita surcada por una línea blanca en una mano, y la raqueta Babolat en la otra. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta, vestía un polo y una falda plisada de una tela ligera, ambas prendas de un color blanco inmaculado. Estaba recién llegada de Londres, pues estaba recibiendo clases de un vetereno jugador que ganó hace unas decadas en Wimbledon, así que estaba bien entrenada. Me lanza una mirada de advertencia, señal de que se dispone a empezar, por lo que me pongo en guardia, abro las piernas y las flexiono, en espera.
Bota la pelota dos veces, avanza una pierna y por un instante se encoge. La raqueta y la bola se besan por última vez antes del saque, un segundo después su cuerpo está estirado, con el brazo hacia las nubes, lanzando la pelota al aire. Capturo esa fracción del tiempo en mis retinas, con todos los detalles posibles. Parece que está pidiendo, rogando al cielo para que su golpe sea bueno. En efecto lo es, y comienza así el juego.
Me mantiene en una carrera frenética todo el partido. Tiene un revés excelente, se le nota el nivel y el entrenamiento; y eso, unido a mis constantes distracciones por el vuelo de su falda enseñando sus muslos suaves y delgados, hace que el marcador vaya bastante desequilibrado, inclinándose a su favor. Entre set y set, se aproximaba a su macuto, sacaba una toalla y se secaba el sudor que le perlaba la frente y el cuello delicadamente. Por suerte, la pista estaba vacía y nadie podía contemplar mi aplastante derrota, por 6-1 y 6-2.
Al finalizar, una expresión de orgullo pasó por su rostro, pero la reprimió al instante y bajó la mirada. Su preparación no solo había sido física, sino que también la habían educado en la humildad y la deportividad. Supe que dentro de poco las gacetas deportivas empezarían a hablar de ella, al principio la mencionarían en alguna columna del final de los periodicos, después ocuparía las portadas de todos ellos. Y entonces se haría famosa y solo la vería en la televisión. Se olvidaría de mí. Quedarían lejos nuestros días de infancia y adolescencia, cuando ibamos juntos a la misma clase de tenis y yo estaba loco por que cada tarde llegase la hora de ir al entrenamiento, para verla. Y aun sigo loco por ella.
-¡No es justo! Tu eres una profesional - dije para justificar mi derrota, y para apartar ese triste pensamiento de mi cabeza.
Simplemente perfecto. Cono siempre.
ResponderEliminar