Aquí vengo, con los ojos rotos de dolor
a apelar a tu infinita misericordia,
porque en las paredes de mi mente
resuena una palabra que se escribe "culpa",
y en mi pecho hay otra,
tatuada, cincelada, grabada,
que se escribe "penitente".
Aquí estoy, que teniéndolo todo
me hice mártir por voluntad propia.
No soy digna ni de que me mires,
pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Ay víctima, redime a tu verdugo,
eres la cura con nombre y apellidos,
con ojos castaños, con corazón de niño.
Ruego a Santa María, siempre virgen,
a los ángeles y a todos los santos,
que velen por ti, mi amor,
que al menos tú estés bien.
Para mí no pido nada, nada me sirve,
nada me alivia, nada me calma.
Solo tú puedes salvarme.
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