miércoles, 28 de junio de 2017

Cazador cazado

Jérémy nunca se había alegrado tanto de volver a casa. Aquel invierno de 1943 estaba siendo el más frío que se recordaba en años. Subió las escaleras de dos en dos para entrar en calor. Cuarto piso. El sonido de la llave abriendo la cerradura de su apartamento le pareció más hermoso que nunca. Se quitó el sombrero y la gabardina, y los colgó del perchero con un gesto cansado. Se había hecho bastante tarde en la reunión de hoy, en el último momento se había tenido que cambiar el punto de encuentro con el contacto al que le pasaba la información, porque al parecer los nazis estaban enterados del rendez-vous y les iban a tender una trampa. Condenados nazis, pensó Jérémy con una sonrisilla burlona mientras se quitaba los guantes y la bufanda, aun con la respiración agitada de subir escaleras.
El sonido de un vaso de cristal posándose en la mesa le heló la sangre. Se giró lentamente y confirmó su peor sospecha. Ahí estaba ella, bebiéndose un whisky y fumando, esperándole, reclinada hacia atrás en la silla.
- Jugando a los espías conmigo, ¿eh cariño?
Estaba jodido, ella lo sabía todo.
- Magda escucha...
- Te pensaste que era tonta, ¿verdad? Que era la víctima perfecta: una débil e inocente mujer, colaboradora de confianza del régimen de Vichy.
Jérémy estaba paralizado por el factor sorpresa, no sabía qué decir ni cómo reaccionar. De todas maneras ya daba igual, hiciese lo que hiciese, estaba muerto. Magda dio una calada y retomó su discurso.
- Pensaste que podrías seducirme para obtener información, un asunto fácil... Me subestimaste. En realidad tardé muy poco en darme cuenta de tus intenciones, pero todo este tiempo he estado jugando a tu juego sin decir nada, dándote señales erróneas, para que enviaras información equivocada y tú y tu panda de maquis os dedicarais a perder el tiempo.
A Jérémy le venían sudores fríos. Ahora entendía todo, las misiones fallidas, la filtración de datos constante, y se dio cuenta de todas las personas a las que había puesto en peligro. Magda no pudo contener la risa al ver la cara de espanto de Jérémy. Luego dio un trago a su vaso de whisky, con un golpe seco lo dejó sobre la mesa, se inclinó hacia delante y añadió:
- Como espía no has sido muy bueno, ¿pero sabes qué? Como amante te has lucido, la verdad. Al menos lo hemos pasado muy bien... - sonrió.
Se mantuvieron la mirada unos segundos, después Jérémy salió como una bala del apartamento. Mientras huía bajando las escaleras de dos en dos, Magda marcó con toda la tranquilidad del mundo un número en el teléfono que había en la mesa.
- Está bajando.
Colgó. Dio una calada al cigarro. Se oyó un tiroteo en la calle.

domingo, 21 de mayo de 2017

El placer de ser una zorra

El local estaba lleno de gente cuando decidió subirse a la tarima y bailar en la barra. Todo el mundo la miraba, gritaba, aplaudía, y cuanto más la vitoreaban más loca se volvía ella, daba sus mejores movimientos, se dejaba llevar. 
Nada tenía que ver con la chica que era normalmente. Refinada, bien educada, bien vestida, siempre discreta, callada. Pero la noche... la noche es otra cosa, por la noche saca su otro yo, su alter ego vestida de gogó, y da rienda suelta a su faceta de fiera, de animal nocturno.
Allí arriba en la tarima tenía una vista completa de todo el panorama: los hombres desde lejos le hacían señales, y cuando ella les respondía ellos aullaban como locos. Los que estaban cerca, a sus pies, estaban todos provocándose una tortícolis. Uno de los espectadores le tendió desde abajo una rosa, que le había comprado a un vendedor ambulante pakistaní, ella la recogió con una sonrisa y ya no la soltó en toda la noche.
Ni siquiera estaba borracha. Estaba en toda su lucidez, disfrutando del momento, disfrutando de la admiración que despertaba, de ser el centro de atención, de las miradas, el objeto de deseo de los hombres. Disfrutaba siendo una zorra, por qué no decirlo sin rodeos. Tenía la frente perlada de sudor, los labios pintados de un color demasiado oscuro para una chica decente... un cuadro completado por el roto que se le había hecho en los vaqueros: se le habían rajado justo por la ingle y el agujero se había agrandado por todo el culo.
¿Te pagan por bailar o has venido de fiesta? ¿Cómo te llamas? Eres tan bonita...
by Liz Clements: Solo concedía el privilegio de bailar con ella a unos pocos. Allí, en aquel local oscuro, nadie la conocía, era solo una anónima que bailaba sin miedo a ser juzgada, un cuerpo sin identidad que se entregaba al arte del perreo. Para ella no era solo contonearse con extraños, era un ritual liberador, una catarsis. Era su manera de desencadenarse, aunque fuera solo durante unas horas, del peso social, del qué dirían. 
Si me viera mi madre ahora... pensaba, y le daba por reírse a la manera de una cría traviesa que sabe que está haciendo algo malo. Mañana volvería a ser la chica recatada y dulce que todos conocían, pero no ahora, no de momento, no todavía. Ahora quería ser libre, y tenía de plazo hasta que saliera el sol.

domingo, 7 de mayo de 2017

El amor brujo

Pienso en por qué fui tan tonta en tener dudas al principio, por qué no me atreví a dar el paso antes, así habríamos tenido más tiempo.
Me lamento de por qué te fuiste tan pronto, por qué no te quedaste unas semanas más, así habríamos tenido más tiempo.
Pero luego pienso: no, calla, fue perfecto así, tal y como sucedió.
Desde el primer momento en que nos vimos en aquel bar sentí como si te conociera de siempre. Una conexión instantánea, una atracción irremediable.
Te enseñé París, mi París.
Sin darme cuenta nos convertimos en una de esas parejas que yo odiaba, una de esas que se besan lentamente en la calle.
Y luego en tu casa...
Hacías que me sobrara todo.
Imágenes:
ilustración de Sara Herranz
¿Cómo expresarlo?
Nos mirábamos a los ojos y era demasiado intenso.
Sentía tus manos calientes por mi espalda y era demasiado intenso.
Mi cinturón que se desabrochaba.
Mi sujetador que se desabrochaba.
Tu boca, por todo mi cuerpo.
Y aquello resultó ser la cura inesperada de viejas heridas.
Eras un hombre bueno, tan bueno...

Ahora me quedo con tu recuerdo, con el beso en la terraza de Printemps, con ese "te quiero" velado en la despedida.
Quizás nunca nos volvamos a ver, pero no estoy triste, solo agradecida de que te cruzaras en mi camino, feliz simplemente porque sucedió.
Gracias por haberme dejado entrar en tu vida y debajo de tu ropa.
Solo pido que de vez en cuando, allí en tu maravillosa ciudad, en tu mágica tierra, pienses en aquella chica de Murcia.
Y sonrías.
ilustración de Sara Herranz 

Je suis heureuse
il m'a dit hier
qu'il m'aimait.
Je suis heureuse et fière
et libre comme le jour.
Il n'a pas ajouté
que c'était pour toujours.

Jacques Prévert

martes, 2 de mayo de 2017

"Felices" años 20

...: Eran tres amigas sentadas en la terraza de un bar.
Todas habían perdido algo en la Gran Guerra: Betty a su padre, Chloé la fortuna familiar, Anaïs su inocencia.
El mero hecho de respirar, de estar vivas, las convertía en unas supervivientes, pero no eran conscientes. Lejos quedaban ya esos días de racionamiento y propaganda, aunque en realidad no hiciera tanto de eso. Ahora se dedicaban a bailar charlestón, a maquillarse y a fumar.
- ¿Habéis visto a la puta de Sylvie? - preguntó Betty - Ahora se dedica a pasear su coñito por el Bateau-Lavoir pasando de pintor en pintor.
- He oído que ha posado para Matisse - añadió Chloé.
- Menuda zorra - dijo Betty mientras se retocaba el pintalabios.
Anaïs permanecía callada, estaba concentrada en saborear su moelleux.
Chloé sacó el último cigarro de su pitillera con una mueca de fastidio. Pensó en todo lo que había trabajado para poder permitírselo y añoró los días en los que su papá le financiaba todo. Odiaba al capullo de su jefe, odiaba su trabajo, pero al menos tenía trabajo.
- Que el paquete de cigarros esté a dos francos me parece un escándalo - se quejó Chloé.
- ¿¿Que está a dos francos?? ¿Desde cuando ha subido? ¡Por el amor de Dios es el colmo! - gritó Betty mientras hacía aspavientos con los brazos de pura indignación.
Y justo en ese momento pasó por detrás de ella uno de los cretinos más grandes de la ciudad, que se hacía llamar a sí mismo le patron de Paris. En una de esas Betty le tiró la bebida encima de la ropa de un manotazo.
- Putain Betty! ¡Me has tirado la cerveza encima! Ahora me tendrás que pagar otra.
- Sí venga, quién coño te crees que soy, ¿el banco nacional?
- En estos momentos no hace falta mucho para tener más que el banco nacional - rebatió él.
- ¡Al diablo! Sabes que no tengo un franco.
- Eso no es excusa para el patron.
- Por favor, ¿pero qué clase de patron vas a ser tú con los pantalones manchados así? - saltó Anaïs.
Las otras dos rieron. Así era Anaïs, estaba callada, con cara de niña buena y cuando menos te lo esperabas soltaba un comentario agudo, cortante, ácido. El patron de los cretinos se fue con la poca dignidad que le quedaba.
Chloé se encendió el cigarrillo con una calada larga mientras seguía pensando en su padre. Le adoraba. Le escribía una carta cada semana a su manoir en Coulommiers, última propiedad que su familia había logrado mantener y donde aquel buen hombre llevaba una vida más bien austera. Si por algo se conocía a este caballero, era por su generosidad: a los peones que trabajaron sus tierras nunca les faltó de nada. Le gustaba sentarse con ellos en la hora del almuerzo y preguntarles por sus respectivas familias. Estaba de buen humor constantemente y los días de sol llevaba a Chloé y su hermanita a pasear a caballo por la finca.
En cambio, la madre de Chloé estaba internada en un psiquiátrico en Normandía, y nunca había ido a visitarla. Chloé la odiaba porque desde que era pequeña su madre pagaba con ella sus desvaríos mentales: fingía delante de su hija que se estaba muriendo de un ataque para luego reírse de la crueldad de su broma, o le gritaba y le pegaba, o la encerraba en su armario durante horas hasta que el ama de llaves la encontraba. Su padre fue el único bastión de cordura, su amigo, su refugio, su defensor.
- Bien dicho Anaïs - dijo Betty.
- Es un mamón - respondió ella con un aire sombrío.
Tenía aura de ángel por fuera, pero por dentro el alma de Anaïs estaba manchada de todas aquellas cosas por las que había pasado durante la Gran Guerra. Era como una inmaculada muñeca de porcelana con una grieta que le cruzaba aquella carita delicada. Son muchos los malos recuerdos, las vejaciones, el miedo, el hambre, el hecho de verse de un día para otro rebajada de bailarina de l'Opéra a robar manzanas en el mercado de la Madeleine. Pero sin duda el peor recuerdo la acompaña cada noche, desde hace años. Antes de dormir, al cerrar los ojos, Anaïs revive ese momento donde apretó el gatillo, era el alemán o ella, era el jodido alemán o ella. No era su culpa, era supervivencia. O eso se repetía a ella misma para tranquilizarse. Ese cerdo había entrado con otros soldados en su casa para saquearla, y la había perseguido hasta el despacho de su padre, la acorraló y empezó a manosearla. Ella se resistió, forcejeó y el muy animal la tiró al suelo. Ese baboso ya se estaba bajando los pantalones. Ella sabía donde estaba el revólver, se arrastró hasta el escritorio, abrió el cajón y no se paró a pensarlo.
Se hizo un silencio pesado entre las amigas. El humo de los cigarrillos ascendía por el aire frío de la noche. Salía la música de dentro del bar, donde la gente bailaba hasta sudar, poseída, despreocupada.
- Romain cariño - dijo Betty al camarero que justo pasaba por ahí - tráeme otra botellita de moelleux, ¿quieres?
Chloé y Anaïs la miraron alarmadas.
- Tranquilas chicas, lo dejo a nombre de Henri. ¡Invita él!
Henri era uno de los tantos tíos con los que se había acostado desde que perdió a su padre. Desde su muerte no hacía otra cosa, y la teoría de sus amigas era que buscaba suplir la figura paterna con otros hombres. Acumulaba una larga lista de amantes, en los que buscaba algo que no conseguía nunca satisfacer. Su gran historial la acompañaba a todos lados, unos la tachaban de zorra monumental y otros la consideraban una leyenda. De cara a la galería era una mujer de armas tomar, una líder, fuerte, con personalidad, destacaba allá donde iba y no podía (ni quería) pasar desapercibida. Adoraba ser adorada, ser divina, ser Betty. El bling bling, las lentejuelas, las perlas, los flecos, el esmalte de uñas y el lápiz de ojos negro eran extensiones de su cuerpo.
Sin embargo, en la intimidad era una persona frágil, con inseguridades y sobre todo con un pánico incontrolable a la soledad y con el dolor profundo de haber visto morir al único hombre que la había querido de verdad, y no como a un trozo de carne: su padre.
Romain apareció con la botella de vino, la descorchó y rellenó las copas de las tres señoritas.
En realidad aquellos años felices no fueron tan felices, todos tenían una pena que ahogar. Y eso estaban ellas a punto de hacer.

viernes, 14 de abril de 2017

Cardio

Qué curioso es que cuando algo nos hace daño nos duela el corazón DE VERDAD. Físicamente, literalmente. Que nos duela el pecho como si realmente se estuviera rompiendo en dos. Ahí te das cuenta de que lo de partir corazones no es solo un dicho.

martes, 4 de abril de 2017

Los miserables

De camino a la biblioteca íbamos distraídas, hablábamos de las cosas de las que hablan las chicas de 21 años que viven en París, y de repente un golpe, un ruido metálico y un grito: Mademoiselle!
Mi amiga había pegado una patada sin darse cuenta a un recipiente de plástico que había en el suelo, con monedas de color cobrizo muy sucias. Era de un niño que pedía limosna. Había un niño y ni lo habíamos visto. 
Las cuatro monedas de 5 céntimos que había en aquel recipiente salieron rodando, y el niño se apresuró a recoger lo que era suyo. Ella, como una monja piadosa, se volcó en ayudar al crío a recoger, llena de culpabilidad. "Madre mía, me siento fatal, ojalá tuviera un poco de suelto para dárselo".
Y ahí me di cuenta de la doble moral. Si no le hubiera pegado una patada a su recipiente ni se habría molestado en mirar al crío, y mucho menos habría pasado por su cabeza el mínimo pensamiento de darle limosna. En cambio, ahora, estaba dispuesta a desembolsar para lavar su conciencia.
No la culpo, no la juzgo. La diferencia es que yo no sentí nada. Ella se había convertido en la madre Teresa y yo fui impasible. ¿Es ella la hipócrita o soy yo la insensible? Cruzamos cada día a decenas de críos que piden en la calle, y ni siquiera los miramos, echamos la vista hacia otro lado y es como si no existieran, ¿Ahora teníamos que actuar como si nos importaran porque le había pegado una patada a su dignidad? ¿porque se había visto forzada a mirar a los ojos de ese niño que pasa hambre cada día?
Aquí están, los Miserables de Hugo. Viven cada día entre nosotros, están en el metro, en la calle, en los parques. Y nosotros solo les hacemos caso cuando huelen mal, porque nos molestan; o cuando no tenemos más remedio, como en este caso.
Nos fuimos de allí, y ella repitió, con una voz muy afligida : Me siento fatal.
Diez metros más adelante, me dijo: mira ese vestido rojo del escaparate. ¡es precioso!


martes, 28 de marzo de 2017

Cuando no sabes si ganas o pierdes

A veces me pregunto si no sería mejor no salir nunca de la cueva de Platón.
Miro como brotan las hojas de los árboles desde mi ventana en el XVIII arrondisement. La primavera ha llegado.
«Si no arriesgas no ganas». ¿Pero qué pasa cuando, efectivamente, no ganas y lo has arriesgado todo? ¿Por qué nunca se habla de la otra parte, la del fracaso, la de la gente que creyó, jugó y perdió? Yo soy una de esas.
Por supuesto, hay quien perdió haciendo apuestas más grandes, por supuesto que no es el fin del mundo (¿lo es?), por supuesto que volvería a hacerlo, volvería una y mil veces a elegir realizar el sueño de mi vida antes que cualquier otra cosa.
Pero si pudiese volver al pasado, haría las cosas mejor, haría las cosas de manera diferente, pensando. Porque mi error fue siempre dejarme llevar por el corazón, por lo que siento en el momento. No puedo engañarme a mí misma. ¿Es un error acaso? No lo sé. Siempre dicen «sigue a tu corazón, bla, bla, bla», pero nadie te dice que todo tiene consecuencias, y que lo hecho no se puede deshacer.
Me pregunto si no habría sido mejor quedarse en la cueva, en mi mundo reducido pero feliz, ¿era feliz? No del todo, siempre me faltó realizar mi sueño, y ahora que tengo el sueño me falta el amor. Parece que no se puede tener todo, parece que hay una balanza universal que equilibra las cosas, y yo quise ser demasiado avariciosa. 

lunes, 27 de marzo de 2017

El amor más puro es el de los italianos a su café

El ritual es cuanto menos hipnotizante. Piden el café solo como pura droga sin cortar, fuerte, breve. La verdadera quintaesencia de la italianità.
Echan todo el contenido del sobre de azúcar en esa tacita que parece de juguete.
Remueven con la cucharilla.
Luego giran la taza con el dedo, para que el asa quede a la derecha, y la cogen.
Toman un sorbo cerrando los ojos, en un acto profundo y sentido como hacer el amor. Ma che buono.
Mueven la taza con movimientos circulares para que el azúcar no se vaya al fondo.
Después otro trago... y ya prácticamente se acaba, es una magia corta, efímera.
Pone los pelos de punta ver la delicadeza y la sensualidad con la que los italianos toman su café. Cogen la taza como si fuera algo valiosísimo y frágil. Uno se siente como un voyeur viendo una escena erótica. No puedes dejar de mirar y piensas: quiero que un italiano me mire, me toque y me ame como a su café.