He sido Hamlet, y vengué a mi padre.
He sido Romeo, y besé a Julieta.
Pero déjame empezar por el principio:
tuve una bella infancia cerca de Aix-en-Provence,
y fui una preadolesente judía escondida dos años y medio en Ámsterdam.
Bailaba en la Ópera de París durante el Segundo Imperio, y posé para Degas.
Luego me casé cien veces, y he sido feliz o desdichada, infiel o cornuda, divorciada o viuda.
Esperé toda una vida a que Fermina Daza me amase,
y quise salir de la asfixiante casa de Bernarda.
Recuerdo desayunar frente a una joyería de la 5ª Avenida y tener un gato sin nombre,
pero no recuerdo aquel lugar de La Mancha por donde iba desfaciendo entuertos.
Ningún crimen en Londres quedaba impune si yo y el doctor Watson estabamos allí.
Fui un pirata deseoso de oro y ron.
Fui una ninfa que se convirtió en laurel.
El 14 de julio de 1789 me rebelé.
Me alisté en mil ejércitos.
He estado en todos los continentes:
una vez atravesé África a pie, con grilletes en las muñecas, era una esclava.
En otra ocasión atravesé con los aborígenes los desiertos de Australia.
He muerto, muchas veces.
Y sí, sé lo que hay más allá.
He sentido el miedo en mi cuerpo, la ira, la rabia, el dolor;
y a veces no sentía nada.
Todas las desdichas humanas han pasado por mí.
Todos los gozos humanos los he vivido yo.
He besado a hombres y a mujeres.
Y solo tengo 20 años.
Porque ya lo decía José Saramago:
La vida es breve. Pero, si leemos, en ella cabe mucho más de lo que somos capaces de vivir, porque cada libro es una vida.
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