Era un placer despertar por la mañana cuando el sol ya había salido y calentaba la habitación con los débiles rayos que se colaban por las persianas. Miré el reloj, eran las 10.
Remoloneé un rato entre las sábanas y después me acerqué a la ventana para abrirla de par en par. Asomé la cabeza y vi mi calle del barrio de Le Marais. Mi piso era un tercero sin ascensor de 40 metros cuadrados, pero era muy luminoso y estaba situado en un ambiente lleno de vitalidad. Llevaba viviendo en él unos 7 meses. La verdad es mejor de lo que había esperado, ya que cuando llegué a París pensaba que tendría que vivir en algún piso sombrío de 20 metros cuadrados en las afueras de la ciudad con cuatro estudiantes más. En cambio, moraba en este bonito apartamento sola con mi gatita, como Audrey Hepburn y su gato naranja en Desayuno con Diamantes. Solo que mi vecino de arriba no era un galán de ojos azules sino una pareja de gays.
Tranquilamente me hice el desayuno. Consistía en unas tartines avec de la confiture à la fraise y mi indispensable café avec beoucoup de sucre. Mientras lo tomaba, mi gatita se restregaba ronroneante contra mis tobillos. Cuando terminé, llené un cuenco con leche para mi gatita y mientras que ella daba los primeros lengüetazos a su desayuno, le acaricié su pelaje blanco. Después me vestí y me peiné. Cogí el abrigo, el bolso y las llaves y antes de salir de casa miré el reloj: 10.45.
Abrí el buzón. Facturas, propaganda, una suscripción a una revista de moda y... ¡Oh! Una postal. El matasellos era de Ginebra y con saber esto ya no me hizo falta ni leerla para saber de quién era. Qué extraño, ella siempre me escribía por carta. La imagen de la postal era un amanecer de la ciudad suiza con el río atravesándola. Una bonita estampa en tonos azulados que tenía toda la pinta de haber sido tomada una gélida mañana de febrero. Seguramente la habría comprado en aquel Marché aux Puces por el que tanto le gustaba curiosear.
¿Qué tan poca cosa tendría que contar que cupiese en una postal? Lo averiguaría más tarde. Guardé toda la correspondencia en el bolso y salí a la calle mientras me inundaban los recuerdos junto a esta loca amiga mía que a veces parecía que había nacido con la vida ya planificada de tantos compromisos que tenía.
La echaba de menos.

Una obra maestra.
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