Prometo engendrar en mi vientre nuestro amor,
prometo perpetuarnos en el tiempo,
hacer carne de nuestra carne,
con nuestra sangre y nuestro sudor,
en esta tierra fértil bajo mi ombligo.
Podría prometerlo, pero de qué serviría,
qué vale ya mi palabra,
quién se fía de ella.
Quién la escucharía en este valle sin alma,
en esta vida sin agua.
Mi rey Midas, perdona.
Yo malogro lo que toco.
Perdona a este cuerpo,
débil y maltrecho,
incapaz de amarse, pero tan válido entre tus brazos.