Qué curioso es que cuando algo nos hace daño nos duela el corazón DE VERDAD. Físicamente, literalmente. Que nos duela el pecho como si realmente se estuviera rompiendo en dos. Ahí te das cuenta de que lo de partir corazones no es solo un dicho.
viernes, 14 de abril de 2017
martes, 4 de abril de 2017
Los miserables
De camino a la biblioteca íbamos distraídas, hablábamos de las cosas de las que hablan las chicas de 21 años que viven en París, y de repente un golpe, un ruido metálico y un grito: Mademoiselle!
Mi amiga había pegado una patada sin darse cuenta a un recipiente de plástico que había en el suelo, con monedas de color cobrizo muy sucias. Era de un niño que pedía limosna. Había un niño y ni lo habíamos visto.
Las cuatro monedas de 5 céntimos que había en aquel recipiente salieron rodando, y el niño se apresuró a recoger lo que era suyo. Ella, como una monja piadosa, se volcó en ayudar al crío a recoger, llena de culpabilidad. "Madre mía, me siento fatal, ojalá tuviera un poco de suelto para dárselo".
Y ahí me di cuenta de la doble moral. Si no le hubiera pegado una patada a su recipiente ni se habría molestado en mirar al crío, y mucho menos habría pasado por su cabeza el mínimo pensamiento de darle limosna. En cambio, ahora, estaba dispuesta a desembolsar para lavar su conciencia.
No la culpo, no la juzgo. La diferencia es que yo no sentí nada. Ella se había convertido en la madre Teresa y yo fui impasible. ¿Es ella la hipócrita o soy yo la insensible? Cruzamos cada día a decenas de críos que piden en la calle, y ni siquiera los miramos, echamos la vista hacia otro lado y es como si no existieran, ¿Ahora teníamos que actuar como si nos importaran porque le había pegado una patada a su dignidad? ¿porque se había visto forzada a mirar a los ojos de ese niño que pasa hambre cada día?
Aquí están, los Miserables de Hugo. Viven cada día entre nosotros, están en el metro, en la calle, en los parques. Y nosotros solo les hacemos caso cuando huelen mal, porque nos molestan; o cuando no tenemos más remedio, como en este caso.
Nos fuimos de allí, y ella repitió, con una voz muy afligida : Me siento fatal.
Diez metros más adelante, me dijo: mira ese vestido rojo del escaparate. ¡es precioso!
Nos fuimos de allí, y ella repitió, con una voz muy afligida : Me siento fatal.
Diez metros más adelante, me dijo: mira ese vestido rojo del escaparate. ¡es precioso!
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