martes, 28 de marzo de 2017

Cuando no sabes si ganas o pierdes

A veces me pregunto si no sería mejor no salir nunca de la cueva de Platón.
Miro como brotan las hojas de los árboles desde mi ventana en el XVIII arrondisement. La primavera ha llegado.
«Si no arriesgas no ganas». ¿Pero qué pasa cuando, efectivamente, no ganas y lo has arriesgado todo? ¿Por qué nunca se habla de la otra parte, la del fracaso, la de la gente que creyó, jugó y perdió? Yo soy una de esas.
Por supuesto, hay quien perdió haciendo apuestas más grandes, por supuesto que no es el fin del mundo (¿lo es?), por supuesto que volvería a hacerlo, volvería una y mil veces a elegir realizar el sueño de mi vida antes que cualquier otra cosa.
Pero si pudiese volver al pasado, haría las cosas mejor, haría las cosas de manera diferente, pensando. Porque mi error fue siempre dejarme llevar por el corazón, por lo que siento en el momento. No puedo engañarme a mí misma. ¿Es un error acaso? No lo sé. Siempre dicen «sigue a tu corazón, bla, bla, bla», pero nadie te dice que todo tiene consecuencias, y que lo hecho no se puede deshacer.
Me pregunto si no habría sido mejor quedarse en la cueva, en mi mundo reducido pero feliz, ¿era feliz? No del todo, siempre me faltó realizar mi sueño, y ahora que tengo el sueño me falta el amor. Parece que no se puede tener todo, parece que hay una balanza universal que equilibra las cosas, y yo quise ser demasiado avariciosa. 

lunes, 27 de marzo de 2017

El amor más puro es el de los italianos a su café

El ritual es cuanto menos hipnotizante. Piden el café solo como pura droga sin cortar, fuerte, breve. La verdadera quintaesencia de la italianità.
Echan todo el contenido del sobre de azúcar en esa tacita que parece de juguete.
Remueven con la cucharilla.
Luego giran la taza con el dedo, para que el asa quede a la derecha, y la cogen.
Toman un sorbo cerrando los ojos, en un acto profundo y sentido como hacer el amor. Ma che buono.
Mueven la taza con movimientos circulares para que el azúcar no se vaya al fondo.
Después otro trago... y ya prácticamente se acaba, es una magia corta, efímera.
Pone los pelos de punta ver la delicadeza y la sensualidad con la que los italianos toman su café. Cogen la taza como si fuera algo valiosísimo y frágil. Uno se siente como un voyeur viendo una escena erótica. No puedes dejar de mirar y piensas: quiero que un italiano me mire, me toque y me ame como a su café.