A veces me pregunto si no sería mejor no salir nunca de la cueva de Platón.
Miro como brotan las hojas de los árboles desde mi ventana en el XVIII arrondisement. La primavera ha llegado.
«Si no arriesgas no ganas». ¿Pero qué pasa cuando, efectivamente, no ganas y lo has arriesgado todo? ¿Por qué nunca se habla de la otra parte, la del fracaso, la de la gente que creyó, jugó y perdió? Yo soy una de esas.
Por supuesto, hay quien perdió haciendo apuestas más grandes, por supuesto que no es el fin del mundo (¿lo es?), por supuesto que volvería a hacerlo, volvería una y mil veces a elegir realizar el sueño de mi vida antes que cualquier otra cosa.
Pero si pudiese volver al pasado, haría las cosas mejor, haría las cosas de manera diferente, pensando. Porque mi error fue siempre dejarme llevar por el corazón, por lo que siento en el momento. No puedo engañarme a mí misma. ¿Es un error acaso? No lo sé. Siempre dicen «sigue a tu corazón, bla, bla, bla», pero nadie te dice que todo tiene consecuencias, y que lo hecho no se puede deshacer.
Pero si pudiese volver al pasado, haría las cosas mejor, haría las cosas de manera diferente, pensando. Porque mi error fue siempre dejarme llevar por el corazón, por lo que siento en el momento. No puedo engañarme a mí misma. ¿Es un error acaso? No lo sé. Siempre dicen «sigue a tu corazón, bla, bla, bla», pero nadie te dice que todo tiene consecuencias, y que lo hecho no se puede deshacer.
Me pregunto si no habría sido mejor quedarse en la cueva, en mi mundo reducido pero feliz, ¿era feliz? No del todo, siempre me faltó realizar mi sueño, y ahora que tengo el sueño me falta el amor. Parece que no se puede tener todo, parece que hay una balanza universal que equilibra las cosas, y yo quise ser demasiado avariciosa.
