lunes, 17 de septiembre de 2012

Adieu.

Me voy. Por fin. A París. Sí, el momento que he estado esperando ya ha llegado. Todo llega, ¿no? Lo he deseado tanto, tanto tiempo, que ahora que lo tengo aquí ya no lo creo. No creo que vaya a ser verdad, me da como una sensación de vértigo en el estomago, como los segundos antes de caer en una montaña rusa. Miro mi billete de ida, solo de ida, y temo que sea un espejismo. Por fin voy a ser una parisina. Pero, ¿qué digo? Siempre lo he sido, en mi corazón sí. Todo este tiempo realmente me he sentido desterrada de mi verdadero lugar.
Os echaré a todos de menos, es la parte mas dura de mi ida. Amo a mis amigos, a mi familia y a mi país, pero he de cumplir con mi destino. He de volver y recuperar ese trozo de mí que se quedó allí cuando fui, con 9 años. Sí, lo sé, fue un amor precoz y a primera vista. Hemingway escribió una vez: “Si vas a París de joven, París te acompañará el resto de tu vida”. Es cierto.

He releído esta carta y me he emocionado a mi misma. Quizás parezca un poco moñas, un tanto barroca o recargada, pero es así como me siento cuando pienso en ello, un torrente de joie, bonheur y amour que no puedo controlar. Cuando penséis en mi, imaginadme paseando por las calles envuelta en un abrigo largo, con el sonido del acordeón de fondo y conversando de la mano con un francés guapo; o entrando a la panadería y pidiendo una baguette; o abriendo mis ventanas una fría mañana y admirando las vistas de la ciudad.

He de terminar esta carta. Os escribiré, las puertas de mi casa estarán abiertas para todo el que venga a visitarme. Os daré la dirección y el teléfono en cuanto llegue.

Mille tendresses,
Moi.